
Ferran Teixes
Director general del Instituto de Estudios Financieros (IEF) y de la Barcelona Finance School (BFS)
Diez años después del Brexit: la factura económica de una ruptura que el Reino Unido pagará durante muchos años
Brexit: menor crecimiento, más fricción comercial y una City de Londres que cede terreno frente a otras plazas europeas marcan el balance de una década del divorcio con la UE

Se cumplen diez años del (Brexit) referéndum del 23 de junio de 2016, la votación que puso en marcha la salida del Reino Unido de la Unión Europea.
El 31 de enero de 2020 dejó, formalmente, de ser miembro de la Unión Europea, aunque el nuevo marco comercial entre Londres y Bruselas no entró en vigor hasta 2021.
Sin embargo, fue aquella consulta la que marcó el punto de inflexión en una relación económica que, una década más tarde, sigue condicionando la agenda británica y europea.
Las consecuencias del Brexit
El debate sobre el Brexit ya no gira en torno a si debía o no haberse producido, sino en torno a sus consecuencias.
¿Qué ha ocurrido con el crecimiento, la inversión, el comercio y la competitividad de una de las mayores economías de Europa tras separarse de su principal socio comercial?
Diez años después, los datos permiten elaborar un balance con más certezas que en los primeros años posteriores al referéndum.
Una economía que crece por debajo de su potencial
La conclusión más repetida por estudios académicos y organismos económicos es que el Reino Unido ha crecido menos de lo que lo habría hecho si hubiera permanecido en el mercado único europeo.
Las estimaciones varían según la metodología empleada, pero todas apuntan en la misma dirección: un impacto negativo sobre la actividad económica, la productividad y el crecimiento potencial del país.
La propia Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del Reino Unido, el organismo independiente que fiscaliza las cuentas públicas británicas, ha calculado que la menor actividad comercial derivada del Brexit podría restar en torno a un 4% a la productividad potencial a largo plazo.
Detrás de esa cifra hay tres factores que se retroalimentan. En primer lugar, la incertidumbre prolongada durante los años de negociación, sumada a los nuevos costes regulatorios que han tenido que asumir las empresas y una reasignación de recursos hacia tareas administrativas y de cumplimiento normativo que antes no existían.
Más fricción en las fronteras, menos comercio e inversión
El comercio entre el Reino Unido y la Unión Europea sigue siendo, con diferencia, el más relevante para la economía británica, pero ha ganado en fricción: controles aduaneros, nuevos requisitos regulatorios, divergencias normativas crecientes y costes administrativos que antes no existían.
El impacto ha sido especialmente visible para las pequeñas y medianas empresas, así como en aquellos sectores con cadenas de suministro muy integradas con el continente o con productos sujetos a controles sanitarios y fitosanitarios, como el agroalimentario.
El resultado es que el comercio bilateral se sitúa hoy por debajo del nivel que, según distintas estimaciones, habría alcanzado de haberse mantenido la integración plena en el mercado único.
A esa pérdida de intercambio comercial se suma un comportamiento más débil de la inversión, tanto empresarial como extranjera, si se compara con el de otras economías avanzadas.
Los nuevos acuerdos comerciales que el Reino Unido ha firmado por su cuenta desde que recuperó la soberanía en esta materia, especialmente en el área del Pacífico, no han logrado, por el momento, compensar la pérdida de fluidez en su relación con la UE, que continúa siendo su socio comercial de referencia.
La City, entre la resistencia y la adaptación
El sector donde el Brexit ha dejado una huella más evidente es, probablemente, el financiero.
Londres conserva su estatus como una de las grandes plazas financieras internacionales, pero una parte de la actividad, determinados servicios y ciertas decisiones de inversión se han desplazado o reorganizado hacia centros de la Unión Europea como París, Frankfurt, Ámsterdam o Dublín.
Se trata de un proceso gradual, no una fuga masiva, pero suficiente para reconfigurar equilibrios que durante décadas parecían inamovibles.
Más allá del caso británico, el Brexit se ha convertido en un caso de estudio sobre las implicaciones de romper con un espacio de integración económica profunda.
La lectura que se impone, según los analistas, es que la soberanía regulatoria otorga margen de decisión, pero tiene un coste económico cuando reduce el acceso a mercados, talento, capital e información, los cuatro elementos que sostienen la competitividad de cualquier economía abierta.
Una década que da para reflexionar
El aniversario llega en un momento en que la relación entre Londres y Bruselas continúa buscando su forma de encaje definitiva, con negociaciones periódicas sobre ámbitos concretos de cooperación.
Los expertos coinciden en que el caso británico ofrece lecciones que trascienden sus fronteras: en un mundo de economías altamente interconectadas, los procesos de desintegración comercial tienen efectos duraderos sobre el crecimiento, la inversión y la posición competitiva de los países que los protagonizan.
Diez años después de aquella votación de junio de 2016, el Brexit ya no es una hipótesis sobre lo que podría ocurrir, sino un conjunto de datos sobre lo que efectivamente ha ocurrido.
Y esos datos, coinciden los analistas consultados, apuntan a una misma dirección: la del coste económico de una ruptura cuyos efectos todavía tienen impacto.
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