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Christophe Martinot

Fundador de SeedingEnergy y autor del marco SPIRAL UP

Por qué fracasan la mayoría de las transformaciones empresariales

Martinot ha desarrollado el concepto de Spiral Up™, un modelo práctico que ayuda a identificar en qué “espiral” se encuentra una persona, un equipo o una organización

Por qué fracasan la mayoría de las transformaciones empresariales

Recuerdo una sala en Bruselas. Catorce personas, un proyector que tardó cinco minutos en encender, un mazo de cuarenta diapositivas. La palabra “agilidad” aparecía once veces. Nadie preguntó qué significaba. Aprobamos el plan en cuarenta minutos y pasamos al siguiente punto del orden del día.

Se aprobó el plan. Se cambió el organigrama. Se contrataron dos consultoras. Se formó a cuatrocientas personas en metodologías ágiles.

Pero no nosotros.

Dieciocho meses después el director general seguía pidiendo aprobación para cualquier gasto superior a diez mil euros. Hablábamos de agilidad con las mismas palabras del primer día. El plan, en algún cajón, seguía vivo de forma oficial. En las reuniones ya nadie lo mencionaba.

He visto esa misma escena, con otros nombres y otras ciudades, muchas veces a lo largo de los  años entre farmacéuticas, gran consumo y dispositivos médicos. Y cada vez llegaba a la misma conclusión incómoda: el problema nunca era la estrategia. Era que quienes la aprobaban no estaban dispuestos a cambiar lo que hacían cada día.

Eso es lo que nadie quiere decir en voz alta. No falló la comunicación. No faltó formación. Faltó voluntad de los que mandaban para soltar algo.

Yo también lo hice. Defendí procesos que sabía que no funcionaban, porque cambiarlos significaba admitir que habíamos pasado años en la dirección equivocada. Prefería la coherencia al aprendizaje. La imagen a la evidencia. No fue mala fe. Proteger lo que me daba seguridad costaba menos que aprender algo nuevo en público. Lo que protegía no era el proceso. Era yo.

Los líderes que he visto fracasar protegían lo mismo, con otras palabras: el control sobre las decisiones, la relación con el consejo, la versión de sí mismos que habían construido durante años. Una empresa puede tener doce niveles de aprobación y predicar autonomía en la misma frase. Eso no es un problema de diseño organizativo. Es que alguien decidió que la autonomía era para los demás.

Las organizaciones que sí cambian no tienen menos de esto. Tienen una diferencia: nunca fingieron que el plan inicial seguía siendo correcto. Un proyecto se cierra con un informe y una fecha.

Un ciclo no se cierra nunca: miran lo que pasa, ajustan, vuelven a mirar. Y cuando alguien pregunta qué ha cambiado para el cliente –no cuántos equipos se han formado, no cuántos sprints se han cerrado, sino qué le ha cambiado a la persona al otro lado– a veces hay quince segundos de silencio en la sala. Esos quince segundos dicen más que cualquier informe de seguimiento.

Yo confundí ese silencio con consenso más de una vez. Cuando nadie discrepaba, lo leía como que el plan iba bien. Casi siempre era lo contrario: nadie se atrevía a decir lo que pensaba.

Hay una conversación que he visto evitar en casi todas las empresas donde he trabajado, transformándose o no: quién decide, sobre qué, y por qué. No hablo de organigramas. Hablo de quién puede parar un proyecto, quién cambia una prioridad sin consultar, quién decide qué información llega al equipo. Esa conversación incomoda porque transformar de verdad significa redistribuir poder, y el poder no se redistribuye con un taller de cultura ni con una nueva intranet.

He conocido líderes inteligentes, comprometidos, con visión genuina de cambiar sus organizaciones. Y cuando llegó el momento de soltar el control real, no lo hicieron. Algunos no pudieron. Otros no quisieron. Sospecho que muchos ni siquiera distinguían entre las dos cosas.

Las organizaciones que no aprenden a hacer esto no caen de golpe. Se vacían por dentro durante años. Se van los mejores primero. Los clientes empiezan a mirar a otro lado, despacio, sin dar explicaciones.

Los resultados aguantan un tiempo más, sostenidos por la inercia de lo que ya se había construido. Y entonces llega un trimestre que dice en voz alta lo que todos sabían y nadie decía.

La mayoría de las empresas que conozco ya saben lo que tendrían que hacer. Lo saben desde hace tiempo. El problema nunca fue el diagnóstico. Es que en esa sala de Bruselas, y en todas las salas parecidas, nadie quiere ser el primero en decir lo que eso significa para él.

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