
Alicia Rius
Coach de liderazgo, fundadora de Hive Leadership & Team Coaching y autora de 'Lead With Clarity'
Tu mejor técnico será tu peor jefe (y no es culpa suya)
Esta experta habla sobre la crisis de identidad silenciosa que atraviesa el "nuevo jefe" en sus primeros meses tras la promoción: por qué ocurre, por qué casi nadie la nombra…

Son las nueve de la noche y sigo en la oficina. Tengo que cancelar la cena. Pensaba que todo esto cambiaría al tener un equipo y es peor. Ahora tengo que hacer mi trabajo y el suyo.
El deck lo monto yo, el código lo reviso yo, y las llamadas con los clientes, yo. Que sí, que hay que delegar. Pero tardo más en explicarlo que en hacerlo yo, y si lo delego, al final no está como yo quiero y termino rehaciéndolo.
Total, hace más de diez años que me dedico a esto y no puedo permitir que se equivoquen. Esta cuenta es demasiado importante. Mierda. Y aún no me he puesto con los objetivos estratégicos que me pidió mi jefe. Para esto me quedaba donde estaba, que, al menos, los marrones les caían a los otros y a las seis, a casa.
“Tardo más en explicarlo que en hacerlo yo”… “Si delego, no lo harán como yo quiero”… “El experto soy yo”. Si todos sabemos que hay que delegar, ¿por qué no lo hacemos? Porque para muchos managers esto nunca fue un problema de calidad. Es un problema de valor propio.
Cuando te promueven a manager, lo celebras –es el reconocimiento a años de excelencia operativa–. Lo que nadie te ha contado es que no has cambiado de rol. Has cambiado de profesión.
Como doer [persona orientada a la acción], tu valor venía de lo que producías personalmente: una presentación terminada, un diseño impecable, un trato cerrado. El trabajo era tangible. Inmediato. Y evidente para todos, incluido tú. Cada día terminaba con una prueba de que valías.
Como manager, esa prueba desaparece. Tu trabajo ahora es crear las condiciones para que tu equipo dé lo mejor de sí: desarrollar personas, traducir la estrategia a objetivos, alinear prioridades, desactivar conflictos.
Nada de eso es visible. Es lento, ambiguo, y cuando por fin da resultado, el mérito parece de otros. Pasaste de un trabajo que te devolvía pruebas cada día a uno que puede tardar meses en devolverte ninguna.
Llega el día en que el equipo presenta el proyecto y sale bien. El cliente felicita, alguien dice “gran trabajo” –y todos miran al equipo–. Nadie ve las tres conversaciones que tuviste para desatascarlo, ni la noche que pasaste reordenando la propuesta para que ellos pudieran brillar. Tú lo sabes. Nadie más. Y por primera vez, hacer bien tu trabajo significa que nadie sepa que lo has hecho.
Y ahí aparece el miedo: “Si dejo de hacer aquello que me hacía valioso, ¿cómo de prescindible soy?”
Pero debajo del miedo hay algo que casi nadie nombra: es duelo. Nadie te avisó de que ibas a echar de menos a quien eras –esa versión de ti que entraba, resolvía y se iba a casa con la prueba de que eras valioso para la empresa–. Esa también toca enterrarla. Y lo haces en silencio, porque acaban de promocionarte y no parece que tengas derecho a estar de luto.
El cambio de cómo aportas valor no es un tema de capacidades. Es un cambio de identidad. Ser experto en lo tuyo es lo que conoces y eso te da confianza, es lo que te hace sentir que eres tú mismo. Tu identidad se ha construido a partir de cómo te reconoces a ti mismo y de cómo te ven los demás.
Por eso, soltar resulta tan difícil: no es falta de método o perfeccionismo. Dejar de hacer es como dejar de existir. Tú no estás protegiendo el trabajo. Estás protegiendo lo que tú eres. Y ahí está la trampa. Proteger lo que eres te impide convertirte en quien tienes que ser.
Te han nombrado entrenador, pero sigues en el campo intentando marcar tú los goles. Haces los dos trabajos a la vez –jugador y entrenador– y no ganas en ninguno. De ahí el burnout: no es que trabajes muchas horas, es que intentas ser dos personas al mismo tiempo.
Y aquí está lo que nadie te dice: no es culpa tuya.
Ascendemos a grandes técnicos asumiendo que eso los convertirá en buenos líderes. Les damos el cargo y ahí los dejamos –sin manual, sin mapa, sin el apoyo que la transición necesita–. El 60% fracasa los dos primeros años [CEB/Gartner].
Luego decimos que tenemos un problema de desempeño. No lo es. La persona que los ascendió creó las condiciones para que fracasaran –casi siempre sin darse cuenta–, convencida de que estaba premiando el talento.
¿Y la solución? No es otro curso. Según Harvard Business Review, las empresas invierten más de 60.000 millones de dólares al año en formar a sus líderes –y aun así seis de cada diez fracasan–.
¿Por qué? Porque cuando formamos a un mánager, asumimos que esa persona está en paz con el cambio. Que entiende quién es y lo que ha tenido que sacrificar. Cuando en realidad, aún está viviendo una crisis de identidad silenciosa que ni siquiera puede nombrar porque nadie le ha puesto nombre.
Formar a las personas sin que esa transición esté completada es como construir una casa encima de un pantano. Da igual cuánto inviertas en cursos, jornadas y charlas inspiradoras de fin de semana: el lunes, todo vuelve a estar como estaba.
No puedes aprender una nueva identidad en un taller de dos días. El de las nueve de la noche no necesita otro framework de delegación—se los ha leído todos. Necesita entender que su valor ya no vive donde vivía.
Y eso no es una habilidad. Es claridad: saber quién eres cuando dejas de ser el que hacía el trabajo y pasas a ser el que lo dirige. Esa es la clave del nuevo liderazgo que nadie enseña. No mejores técnicos. Personas que entiendan que no las han promovido: las han cambiado de profesión. Y a las que alguien, por fin, les da el mapa.
Recomendados

Este experto profundiza sobre un espinoso asunto: por qué en 2026 crecer ya no es suficiente y la verdadera diferencia está en construir empresas rentables y sostenibles

La productividad tóxica es cómo la presión por rendir constantemente está desplazando la vida fuera del trabajo y cada vez más personas se sienten atrapadas en un ciclo de “estar ocupados” sin avanzar

La IA agéntica no implica solo más automatización, sino una nueva forma de diseñar la experiencia de cliente y los procesos de las empresas

El autor habla sobre cómo el humor se ha convertido en una herramienta estratégica en el entorno empresarial.
