
Bianca Schulte
CEO de LuisMontalvo.es
España sigue gestionando el absentismo cuando el trabajador ya está de baja
El debate se concentra en gestionar las incapacidades temporales. Es el coste invisible de no detectar el desgaste a tiempo

El absentismo laboral ha vuelto al centro del debate público. Empresas, sindicatos, Gobierno y expertos discuten cómo reducir las bajas, agilizar su gestión y contener un coste que no ha dejado de crecer.
La discusión es necesaria. El problema es que casi siempre comienza en el mismo punto: cuando el trabajador ya ha dejado de acudir a su puesto.
El absentismo, de actualidad
En estas semanas, tres noticias aparentemente distintas han vuelto a mostrar ese enfoque tardío. La primera se publicó el 7 de agosto. EL PAÍS situaba la mejora de la gestión de las bajas médicas entre los posibles objetivos de una futura reforma laboral.
El planteamiento aborda un problema real: la duración de los procesos, la coordinación sanitaria y la necesidad de facilitar una recuperación adecuada. Pero vuelve a concentrar la atención en lo que sucede después de emitirse la baja.
La segunda noticia apareció el 10 de agosto. El mismo diario explicaba cómo algunas empresas están transformando sus oficinas para responder al estrés digital y a la sobrecarga cognitiva asociados al uso intensivo de la inteligencia artificial.
Según los datos recogidos en la información, un 45% de los usuarios de IA consultados sufriría burnout. Las nuevas herramientas prometen liberar tiempo y aumentar la productividad, pero también pueden multiplicar las verificaciones, acelerar los ritmos y fragmentar todavía más la atención. La tecnología reduce unas tareas mientras crea otras formas de carga que no siempre se reconocen a tiempo.
Ese mismo día se conoció una tercera noticia. La Inspección de Trabajo había sancionado a Correos después de que una empleada de una oficina de Arnedo sufriera un síncope por golpe de calor y quedara inconsciente.
La investigación relacionó el accidente con las altas temperaturas y con el mal funcionamiento de la climatización. Según la información publicada, la resolución llegó después del colapso y tras años de reclamaciones.
Las tres noticias pertenecen a ámbitos diferentes: política laboral, transformación tecnológica y prevención de riesgos. Sin embargo, las tres describen el mismo problema. Intervenimos cuando la consecuencia ya es visible.
Gestionamos la baja cuando ya se ha producido, rediseñamos el entorno cuando el agotamiento ya está extendido y sancionamos el incumplimiento cuando una trabajadora ya se ha desplomado.
Las consecuencias
El sistema sabe medir las consecuencias. Cuenta jornadas perdidas, calcula costes, registra accidentes, tramita incapacidades y analiza índices de rotación.
Lo que todavía hace con dificultad es reconocer el periodo anterior: ese tiempo en el que la persona continúa trabajando, pero su capacidad empieza a deteriorarse.
El absentismo no comienza necesariamente el día de la ausencia. Antes pueden aparecer decisiones más lentas, errores que se repiten, pérdida de iniciativa, necesidad de una supervisión mayor, conflictos pequeños o una recuperación cada vez más difícil después de los picos de trabajo.
Ninguna de estas señales demuestra por sí sola que vaya a producirse una baja. Tampoco autoriza a la empresa a realizar diagnósticos ni a invadir la intimidad del trabajador. Pero ignorarlas impide comprender qué está ocurriendo en la organización.
Ese matiz es fundamental. Una incapacidad temporal responde a una situación de salud y debe tratarse con respeto, confidencialidad y garantías.
Detectar desgaste no consiste en cuestionar una baja ni en buscar culpables. Consiste en analizar si las condiciones de trabajo están reduciendo de forma progresiva la capacidad de las personas para sostener su actividad.
En muchas empresas, el deterioro se normaliza porque no interrumpe la producción de inmediato. El equipo sigue entregando, aunque necesite más horas. Los plazos se cumplen, aunque aumente el retrabajo.
La implantación tecnológica parece un éxito, aunque cada tarea requiera más comprobaciones. La plantilla mantiene el ritmo, aunque ya no consiga recuperarse entre un periodo de presión y el siguiente.
Mientras el resultado final se mantiene, la organización interpreta que el sistema funciona. Pero producir lo mismo con más esfuerzo, más tensión y menos margen no es estabilidad. Es una pérdida de capacidad que todavía no ha llegado a la cuenta de resultados de una forma evidente.
El papel de la IA
La inteligencia artificial ofrece un ejemplo claro. Medir únicamente cuántos documentos, análisis o respuestas produce una persona después de incorporar una herramienta puede dar una imagen incompleta.
También habría que observar cuántas veces debe revisar la información, cuántos cambios de contexto soporta, qué responsabilidad adicional asume al validar resultados automáticos y cuánto tiempo de concentración conserva durante la jornada.
La IA no elimina siempre la carga; en muchos casos la desplaza. La tarea manual disminuye, pero aumenta la supervisión. Se acorta el tiempo de producción, pero también se eleva la expectativa de respuesta.
Se automatizan procesos, pero el trabajador debe aprender herramientas que cambian constantemente y detectar errores cada vez más difíciles de identificar. Si la empresa solo mide velocidad, puede confundir un aumento puntual de producción con una mejora sostenible.
El caso del golpe de calor muestra el mismo patrón de una forma más directa. La temperatura puede medirse. Una avería en la climatización puede registrarse.
Las quejas pueden documentarse y la exposición puede corregirse. Cuando la actuación llega después de un síncope, la prevención ha dejado de ser anticipación y se ha convertido en atribución de responsabilidades.
Algo parecido sucede con el absentismo. Mejorar la coordinación sanitaria, agilizar pruebas y facilitar la reincorporación son medidas necesarias, pero pertenecen al tramo final.
Si una empresa solo actúa cuando recibe el parte de baja, ha perdido toda posibilidad de intervenir sobre las condiciones que pudieron contribuir al desgaste previo.
Esto no significa que todas las bajas sean evitables ni que toda ausencia tenga un origen laboral. Sería falso e irresponsable afirmarlo. Hay enfermedades y circunstancias personales que ninguna organización puede prever.
Pero también sería irresponsable suponer que la forma de organizar el trabajo, distribuir la carga, introducir tecnología o responder a las alertas no influye en la capacidad de una plantilla para mantenerse operativa.
La prevención
La prevención útil empieza por observar el trabajo, no por vigilar al trabajador. Significa analizar cambios sostenidos en los errores, los tiempos, las interrupciones, la autonomía y la recuperación; relacionarlos con hechos concretos, como una reorganización, una vacante sin cubrir, una nueva herramienta o un periodo de demanda excepcional; y actuar antes de que la única respuesta posible sea gestionar la ausencia.
También exige establecer responsabilidades claras. Si una empresa detecta que un equipo acumula errores después de semanas de sobrecarga, alguien debe poder ajustar prioridades.
Si una implantación tecnológica aumenta la fatiga y las comprobaciones, hay que revisar el proceso, no exigir simplemente más adaptación. Si existen avisos reiterados sobre una condición ambiental, la respuesta no puede esperar a que se produzca un accidente.
La gestión de las incapacidades
España necesita mejorar la gestión de las incapacidades temporales. Pero si el debate se limita a quién controla la baja, cuánto dura o quién asume su coste, seguirá dejando fuera una parte esencial del problema: el periodo en el que el deterioro ya existe, aunque el trabajador todavía permanezca en su puesto.
El coste del absentismo no empieza con la primera jornada no trabajada. Empieza antes, en las decisiones que se retrasan, los errores que se corrigen varias veces, la pérdida de autonomía, la caída de la iniciativa y la incapacidad para recuperarse entre dos periodos de presión.
Gestionar mejor una baja es necesario. Evitar que la organización descubra el desgaste únicamente cuando esa baja se produce es una responsabilidad empresarial.
La diferencia entre ambas cosas determinará si seguimos contabilizando consecuencias o empezamos a corregir sus causas a tiempo.
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